Una vez en la vida, una y otra vez.

asier
4 min readMay 10, 2023
Gente muy fría — Sarah Manguso

Llevo ciento cuatro páginas de ‘Gente muy fría’, esta primera novela de Sarah Manguso, y pienso que esta frase de la sinopsis está escrita, por lo menos, por una IA. Dice así: “[…] sobre cómo los lugares muy fríos engendran gente muy fría.”, y creo que no hay frase más errónea en todo el libro. Los lugares fríos no engendran gente fría, la desigualdad y la exclusión social sí. El aislamiento, la pobreza, el maltrato continuado de las administraciones y un larguísimo etcétera, eso sí que crea frialdad. Crea desacople social, desapego sobre la realidad vivida y una desafección gigante. De tal magnitud que incluso tu propia hija se convierte en un elemento externo, un otro tuyo que, aunque es tuyo, no puede llegar a ser del todo tuyo, y late constante y omnipresente en un continuo reclamo del amor más básico que puede existir, el del amor de un hijo hacía su madre.

Puede que a mi madre le gustase que viniera por casa porque, en comparación con ella, nosotros no éramos pobres.” Esto es capaz de generar esto: “Sabía que en teoría los niños se lo pasaban bien montando en bici, y yo representaba debidamente mi papel de niña pasándoselo bien.” También esto: “[…] había comprendido que mi madre era una persona que devoraría cualquier piropo que echaran a las fauces de su palpitante corazoncito falto de amor.

Un corazón falto de amor que no se trata y se intenta curar pronto queda helado y resquebrajado para siempre. Un corazón sin amor desestabiliza el ser y expande su poder aniquilador a todas las partes del cuerpo, a todas las partes de la vida. Los lugares fríos en desigualdad son aislantes, crueles, pero no a causa del frío sino de la diferencia, de la desigualdad. Un pueblo rico aunque frío tendrá su sistema de seguridad y su estructura social en regla, protegida y bien alimentada, que permitirá disfrutar de la vida y del frío a sus vecinos. “Pero mis padres nunca hablaban con ningún vecino; podíamos haber vivido perfectamente a kilómetros del alma más cercana.” No hay un alma con capacidad de amar, de generar comunidad, cuando reina una estructura desestabilizada, desestructurada.

He terminado el libro y, en cierta manera, me he quedado helado. El frío te recorre el cuerpo, te martillea y profundiza sin sutileza sobre ti, haciendo una mella constante que se convierte en un cráter de proporciones inconcebibles. La historia es de una crueldad brutal, de una realidad que parece mentira pero que no lo es. Y que además sabemos que no lo es, hay miles de ejemplos como estos cada día en cada pueblo de cada estado de estados unidos de américa, oh god sweet mercy lord. “Mi vida parecía irreal, me sentía involucrada solo a medias. Me sentía borrosa, como el sueño de otra persona.” En parte, así es como siento la historia, irreal, borrosa, como un sueño ajeno. Como algo ajeno que no quiero que pase. “[…] la de la inmobiliaria creía que mi madre era tonta, y mi madre creía que yo era tonta. De hecho creo que directamente creía que yo no era ni real.

A mitad del libro, más o menos, entra en juego el cambio de casa y la maravillosa historia de Winifred. Aquí el libro te vuelve a enganchar del cuello y a atraerte ferozmente a su terreno, te quiere cerca, te quiere atento. Y lo consigue. Me gusta este giro, me parece que le aporta un granito de calor, de humanidad (aunque sea ligero) a la historia. ¿No es acaso la historia de Winifred una proyección de lo que quiere o le gustaría ser o hacer a Ruth? Toda esa pasión, esas historias escondidas, ese conocer oculto, ese fuego que nunca deja de latir. La historia te permite ver cierta personalidad, cierta humanidad, dentro de la rocosa construcción de los personajes, que son porosos y llenos de aristas, llenos de picos y más picos que no dejan de pinchar. Cuando menos te lo esperas, una curva demasiado cerrada te sorprende para siempre, pierdes la estabilidad y con un golpe seco la realidad te devuelve a tu sitio.

Pinchar, agujerear, rasgar, acuchillar. Eso es exactamente lo que hace y consigue el final. Cuando pensabas que la frialdad no podía ir a más toda una amalgama de acontecimientos a cada cual más crueles te vapulean hasta dejarte ko. “Si alguna vez le contaran a alguien lo que les pasó, a todas les dirían lo mismo: que no volvería a pasar. Aunque siguiera pasando, cada vez les dirían que no volvería a pasar, una y otra vez. Una vez en la vida, una y otra vez.

[…] mi madre se dijo que, como no iba a acordarse de nuestras visitas, no merecía la pena ir si luego no se nos iba a reconocer el mérito.

Yo pensaba que mi madre hacía esas cosas expresamente para avergonzarme, para esparcir dolor. Nunca se me ocurrió que aunque a esas alturas posiblemente ya teníamos algo de dinero, todavía no sabíamos cómo no ser pobres.”

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