Los huevos.

asier
5 min readOct 31, 2022

Sigue sentada en la cama, con la toalla alrededor del cuerpo y el pelo mojado cayéndole sobre su hombro derecho. Una de sus listas favoritas de Spotify suena de fondo mientras mira absorta a la blanca pared que tiene delante. El bochornoso calor de mediados de agosto se cuela a través de la ventana mientras baila con las cortinas. Una fría gota de agua se resbala por el hombro izquierdo de Clara, se estremece y la detiene de manera automatizada con la mano. La sensación de sentirse fresca en el asfixiante verano le produce placer, y con el placer consigue un éxtasis que la abstrae. Mira la mesilla en donde el móvil acaba de vibrar.

Hay una antigua caja de zapatos llena de fotos, tickets y cartas encima de la mesilla, a escasos centímetros del móvil que acaba de coger para comprobar que Alex le ha confirmado la cita. La última cita, piensa. Tira el móvil sobre la cama, lo más lejos posible, y coge la caja. Todavía se le acelera el corazón cada vez que inspecciona cada foto, carta, entrada de cine, museo o exposición. Inspecciona porque rebusca en cada pixel cualquier resquicio o instante que le permita entender, ya no un poco más, sino el por qué de todo este final. Spotify reproduce True love, una de las últimas canciones que ha incluido en su preciada lista sobre Kanye West.

- True love shouldn’t be this complicated, I thought I’d die in your arms[1] — tararea — menuda mierda.
- ¿Qué dices? — contestan tras la puerta.
- Nada, nada.
- ¿Ya estas hablando sola?

Deja la caja sobre la cama y se levanta. Tras terminar de secarse el pelo con la toalla la lanza sobre la silla del escritorio y se mira fijamente en el espejo vertical que Alex le instaló a principios de año. Su mirada viaja de un corazón de pegatina rasgado hasta su cuerpo. Se pasa la mano por encima de la tripa, se pone de perfil y revisa meticulosamente el perfil de su tripa, su culo y sus pechos. Hace días que lo ve todo más abultado, más gordo. Hace días que la vida le resulta más pesada, diferente, más difícil. Se acerca más al espejo y, puesta de frente, se mira. Sola, susurra, estoy hablando sola.

A través del espejo se fija en el puto regalo que le compró a Alex para su cumpleaños y que sigue ahí, mirándole desde la mesa, recordándole lo inevitable, lo más jodido de la vida. O de su vida. Se pone un largo, fresco y negro vestido, coge el regalo sin envolver y que no quiere ni piensa envolver y sale de casa. ¿Por qué estoy haciendo esto?, se pregunta mientras todos y cada uno de los espejos del ascensor le recuerdan todas y cada una de las noches que construyen sus ojeras. ¿Qué necesidad tengo? Rápidamente, y casi sin darse cuenta, se retira una fría lágrima del rostro.

Camina con lentitud por la Avenida Carlos III, al mismo ritmo que la gota de sudor que le resbala por la espalda. El cielo está precioso, con un tono anaranjado muy fuerte y unos toques rojizos que sobresalen por los edificios de la avenida. Si el cielo está así al atardecer significa que mañana va a hacer buen día, decía su abuela siempre. Ay abuela, piensa, por qué no estas aquí para pararme y decirme lo que debería hacer. Al niño que corretea delante suya se le cae una muñeca con el pelo pintado del color del cielo, y tras tres metros, el niño se detiene al notar la falta. Clara sonríe y el niño dibuja una sonrisa de complicidad mientras señala a la muñeca. El niño comienza a aplaudir tras ver que Clara se agacha a recoger a su amiga y, en ese mismo instante, una punzada le atraviesa el estómago y le obliga a parar. Cierra los ojos mientras un escalofrío le recorre todo el cuerpo. Se marea ligeramente y tras cinco segundos nota como el móvil comienza a vibrar sin parar en su mano izquierda. Joder, se dice. Abre los ojos para ver la tercera llamada perdida seguida que le hace Alex y las pequeñitas piernas de un niño que se le ha acercado.

- ¿Estas bien? — le pregunta el niño.
- Sí, sí. Es que hace mucho calor. — le dice Clara mientras le da su muñeca.
- Gracias.

Ve como el niño se aleja y se acerca a un grupito de niños que juegan al lado de los maravillosos magnolios de la avenida. Los magnolios son sus árboles favoritos. No como esta sensación horrible que le recorre el cuerpo, que le genera sudores fríos y un gusto metálico en la boca. Sin todavía poder incorporarse, mientras el móvil no para de querer escapar de su mano, ve como Alex se acerca poco a poco. No me ha visto, piensa, o no entiende sino esta maldita insistencia que no para de ponerle más y más nerviosa. Qué pesado es con la puntualidad. Se incorpora y un ligero mareo le vuelve a golpear otra vez. Realmente no sabe muy bien qué hace ahí.

- Hola. — le dice Alex mientras se toca el pelo.
- ¿Qué te pasa? ¿Estas nervioso? ¿Tienes prisa?
- No.
- Pues no lo parece. — Clara le entrega el regalo — Toma, que lo tenía comprado.
- Gracias — coge el regalo — no hacía falta. ¿Qué tal estas?

Alex le mira, recorre su cuerpo con la mirada mientras deja el regalo debajo del brazo y guarda su móvil. Le lanza una ligera sonrisa que cruza a Clara en dos, qué guapo es, piensa. Una punzada le recorre el estómago de nuevo. No está bien, hace demasiado calor para ella y los nervios le llevan destrozando desde hace dos semanas. ¿Qué hago aquí?, se pregunta. Aunque sabe perfectamente lo que hace, lo que quiere y lo que ha querido siempre, este final le ha resquebrajado por dentro. ¿Qué ha hecho mal para no se capaz de verlo? Un calor le sube por dentro, un calor, un fuego, que todavía no se ha consumido y que siente que va a tardar en perder. Que no quiere perder. Le devuelve la mirada sería, sin sonreír, ahora mismo es lo último que le apetecería hacer. Eres un cabrón, piensa. Recuerda el final de los huevos de Annie Hall y piensa que no hay nada que odie más ahora mismo. No necesita los huevos, lo necesita a él.

[1] El verdadero amor no debería ser tan complicado / Pensé que moriría en tus brazos

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